«Medalla De Bary 2018» para Salomón Bartnicki, por sus aportaciones a la micología mundial

“El gusto de encontrar algo nuevo. Esa es probablemente la satisfacción más grande"

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Como reconocimiento a sus aportaciones al estudio de los hongos, la Asociación Internacional de Micología (IMA, en inglés) entregó el principal reconocimiento que otorga esta asociación científica en su reunión de Puerto Rico, la “Medalla De Bary 2018”, al Dr. Salomón Bartnicki García, investigador del CICESE (Ensenada) y principal promotor de los estudios en microbiología y biología experimental que hoy se desarrollan en este centro de investigación.

La IMA instituyó la Medalla De Bary en 1996 y desde entonces se otorga cada cuatro años para celebrar la carrera académica de aquellos individuos que han establecido aportaciones destacadas en el campo de la micología a nivel mundial.

En esta ocasión se entregaron dos medallas De Bary: una al Dr. John Taylor, investigador de la Universidad de California en Berkeley, y la otra a Salomón Bartnicki, del CICESE. Esto ocurrió el 21 de julio de 2018 en el banquete de clausura del Congreso Internacional de Micología (IMC 11) celebrado en San Juan, Puerto Rico.

Su carrera académica de más de 60 años empezó en 1956, cuando se tituló con una tesis experimental sobre hongos en la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional, donde estudió la carrera de Químico Bacteriólogo y Parasitólogo. A partir de ahí, lo más significativo en su trayectoria cubre tres periodos; los tres, además, exitosos.

 “Primero está un periodo de educación. En eso tengo una deuda enorme con México porque me dio una educación de primera clase. No llegó al doctorado, pero recibí un título de químico bacteriológico equivalente a una maestría”.

Reconoce que este excelente entrenamiento se lo debe a los muy buenos profesores que tuvo en el Politécnico, varios de ellos exiliados españoles. Como no había una escuela de graduados en el Politécnico (el CINVESTAV se creó muchos años después), consiguió una beca del Departamento de Estado norteamericano y con el apoyo de su asesor (Carlos Casas Campillo) se fue a Nueva Jersey a estudiar el doctorado en la Universidad de Rutgers.

“Lo importante es que llegué a hacer mi trabajo doctoral y mi asesor, Walter Nickerson, me da un tema de investigación y yo lo saco adelante. Él no me tuvo que enseñar cómo hacer investigación; yo ya lo sabía porque venía muy bien preparado de México (…) Tanto así que empezaron a pedir más estudiantes mexicanos. Y llegó José Ruiz Herrera y después Sergio Estrada Parra, que han sido premios nacionales en México. Y llegaron otros…”

La segunda fase debió haber sido regresar a México y hacer su carrera aquí, pero lamentablemente en 1961 regresó a un país que no tenía manera de sostener nuevos puestos de investigación.

“No había lugar para mí en ese entonces, por lo que me vi forzado a regresar a Estados Unidos y al año conseguí un puesto en la Universidad de California en Riverside. Fue una suerte increíble llegar a una de las universidades más prestigiosas del mundo (donde) estaban todas las condiciones que son ideales para la investigación: los fondos, la infraestructura, las facilidades, el ambiente académico, todo eso es algo ideal. Estuve trabajando ahí por 38 años como profesor en condiciones óptimas”.

A esta segunda etapa de su carrera la considera una expatriación. “¿Y por qué me expatrié? ¡Porque no había oportunidades en México! Sin embargo tuve una expatriación exitosa. El éxito consiste en haber utilizado la oportunidad que tenía de hacer investigación; de tener alumnos de posgrado, invitar a posdoctorales de otros países a que vinieran a colaborar conmigo. México siguió jugando un papel muy importante para mí en Riverside porque tuve cuando menos una docena de alumnos y de investigadores mexicanos que vinieron a mi laboratorio y estuvimos haciendo trabajo conjuntamente”.

La tercera fase de su carrera académica fue una repatriación. Su repatriación la considera exitosa por varios factores. Número uno, por el aporte económico del CONACYT que permitió comprar microscopios de vanguardia, carísimo. Segundo, por proponer un plan que tuviera sentido no tanto para continuar con su carrera, sino más bien crear oportunidades para investigadores jóvenes. Y tercero, tener una institución receptiva.

El Dr. Bartnicki se refiere a que cuando llegó aquí en julio de 2000 lo hizo con un millón de dólares aportados por el CONACYT y con el objetivo de crear una Unidad de Biología Experimental y Aplicada que no existía en el CICESE, y que permitiría, en un principio, conjuntar estudios en microbiología y en biología de la conservación.

Lo primero que adquirió fue un microscopio confocal, el cual trabaja con láser y hace reconstrucciones tridimensionales de las estructuras que componen las células. Este equipo fue la base del crecimiento académico del grupo de microbiología. A 18 años de distancia, esta unidad pasó a convertirse en la cuarta división académica del CICESE, la División de Biología Experimental y Aplicada (DBEA), integrada originalmente por los departamentos de Microbiología Experimental, Biotecnología Marina y Biología de la Conservación. Posteriormente se creó el Departamento de Innovación Biomédica. Salomón Bartnicki fue su primer director, de 2003 a 2008.

– ¿Qué ha sido lo más satisfactorio para usted?

“El gusto de encontrar algo nuevo. Esa es probablemente la satisfacción más grande: el eureka. Que de pronto, ¡pum! las cosas tienen explicación. Y eso sucede muy raras veces. Ya sea que uno se da cuenta de una relación que existe entre lo que estaba totalmente desconectado, o que en el curso de hacer experimentos salen cosas que uno no se esperaba, totalmente novedosas. (…) Como lo dijo Luis Pasteur: ‘La suerte favorece a las mentes preparadas’. Es decir, uno tiene que estar preparado. La suerte no le llega así, gratuitamente. Le llega cuando uno está haciendo algún trabajo y de pronto se da cuenta de qué está pasando”.

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